Ruta de los Alerces Milenarios: 234 km en bicicleta por la Cordillera de la Costa

Esta ruta comenzó a rondar por mi cabeza mucho antes de realizarla.

Para encontrar el origen de la idea tengo que remontarme a mi viaje por Sudamérica de 2023-2024. Mientras buscaba rutas para recorrer el sur de Chile, descubrí una que atravesaba algunas de las zonas más altas de la Cordillera de la Costa y, además, pasaba por uno de los lugares con mayor concentración de alerces milenarios de la región.

Entre ellos se encontraba uno muy especial: el Gran Abuelo.

Los alerces (Fitzroya cupressoides) son árboles milenarios propios de los bosques templados del sur de Chile y Argentina. Los había visto por primera vez en la zona de Cochamó y había quedado fascinado por su tamaño, longevidad y la historia que existe detrás de ellos.

Pero saber que en esta ruta podría encontrarme frente a frente con un árbol de más de 5.000 años hacía que el viaje fuera aún más interesante.

El Gran Abuelo es considerado uno de los árboles más antiguos conocidos del planeta, con una edad estimada superior a los 5.000 años. Para ponerlo en perspectiva: cuando se construyeron las grandes pirámides de Egipto, este árbol ya llevaba siglos creciendo en los bosques del sur de Chile.

A eso se sumaba que la ruta atravesaba la Cordillera de la Costa para luego continuar hacia el norte por el litoral de la Región de Los Ríos.

Tenía todos los ingredientes para una gran aventura en bicicleta.

La primera vez que pasé por esta zona fue en mayo de 2024, pero el clima y la cercanía del invierno hicieron que decidiera postergar el recorrido.

La ruta tendría que esperar.

La Ruta de los Alerces Milenarios

Este recorrido forma parte de una ruta mucho más extensa llamada Bosque Siempreverde, desarrollada por el viajero Elier Rivas, quien ha dedicado años a recorrer y dar a conocer este territorio.

Para los amantes del bikepacking, también puede considerarse una continuación natural de la Odisea Caleta Cóndor, aventura sobre la cual ya escribí anteriormente en este blog.

Mi recorrido tendría aproximadamente 234 kilómetros, con un 54 % de asfalto y un 46 % de ripio, acumulando cerca de 4.170 metros de desnivel positivo.

El plan era unir Riachuelo con Valdivia en cinco días.

Y así comenzó el viaje.

Día 1: Riachuelo – Osorno

La aventura comenzó en el Refugio Kurileufu, el corazón del Bosque Siempreverde.

Este refugio para viajeros es administrado por Soledad y Elier, dos aventureros que decidieron construir un espacio rodeado de naturaleza donde ciclistas y otros viajeros pudieran descansar, compartir experiencias y conocer mejor las rutas de este territorio.

Desde allí seguí parte del antiguo Camino Real en dirección a Osorno.

Casa rural y árboles junto al camino

Fue una primera jornada relativamente corta, así que decidí quedarme en casa de un familiar y aprovechar la ciudad para abastecerme antes de enfrentar el verdadero desafío del viaje.

Osorno es probablemente el mejor lugar para comprar todo lo necesario para los días siguientes. Existen algunos pequeños negocios en el camino, pero sus horarios y disponibilidad de productos pueden ser variables, por lo que preferí salir con comida suficiente para varios días.

Al día siguiente comenzaría realmente la aventura.

Día 2: rumbo al Parque Nacional Alerce Costero

Partí temprano desde Osorno.

Por delante tenía la jornada más exigente del viaje: unos 66 kilómetros y más de 1.600 metros de desnivel positivo hasta las cercanías del Parque Nacional Alerce Costero.

La ruta continuaba siguiendo el antiguo Camino Real, utilizado durante siglos para conectar Valdivia, Osorno y Chiloé.

Los primeros kilómetros transcurrieron principalmente sobre asfalto hasta llegar a Trumao, donde debía cruzar el río Bueno en una pequeña barcaza.

El río Bueno ha tenido históricamente una enorme importancia para este territorio. Sus aguas fueron utilizadas como vía de navegación y comercio, permitiendo transportar productos provenientes de Osorno y del interior hacia la costa.

Pero en ese momento mi interés era bastante más sencillo: cruzarlo y seguir pedaleando.

Vista aérea del río y los campos que lo rodean

Al otro lado me esperaba un pequeño balneario. Eran cerca de las 13:00 y la temperatura rondaba los 30 °C, así que aproveché para almorzar y darme un baño en el río. Sabía que lo que venía después sería completamente diferente.

Desde allí continué hacia el oeste. Los siguientes 18 kilómetros todavía eran de asfalto y relativamente amables, acumulando unos 350 metros de desnivel.

Hasta que el pavimento terminó.

Y ahí comenzó la verdadera aventura.

Por delante tenía cerca de 20 kilómetros de ripio y aproximadamente 1.000 metros de desnivel positivo.

Eran alrededor de las cinco de la tarde cuando comencé a subir.

No tenía demasiado claro hasta dónde llegaría. Mi objetivo ideal era alcanzar la entrada del parque, porque sabía que allí había instalaciones de guardaparques y quizás podría encontrar algún lugar donde instalar la carpa. Si no lo conseguía, simplemente buscaría algún sitio adecuado durante el camino.

Era verano y tendría luz hasta aproximadamente las nueve de la noche. Eso jugaba a mi favor.

La subida fue espectacular.

A medida que ganaba altura, las plantaciones forestales fueron quedando atrás y el bosque nativo comenzó a apoderarse del paisaje. El tránsito prácticamente desapareció y solo quedaron el camino, la bicicleta y el bosque.

En algunos sectores todavía viven familias a quienes es posible pedir agua o incluso permiso para pasar la noche dentro de sus terrenos.

Pero decidí seguir.

El paisaje me tenía completamente motivado y, además, sabía que durante la mañana siguiente probablemente llovería.

Finalmente, cerca de las nueve de la noche, después de varias horas de subida, llegué a la entrada del Parque Nacional Alerce Costero.

El parque había cerrado hacía horas.

Me acerqué a una de las cabañas para preguntar si existía la posibilidad de instalar mi carpa cerca de las instalaciones, ya que dentro de un parque nacional no quería acampar en un lugar no habilitado.

Golpeé la primera puerta.

Me recibió Francisco, uno de los guardaparques.

Para mi suerte, también era ciclista. Cuando le conté de dónde venía y lo que estaba haciendo, no solo me permitió quedarme: me abrió las puertas de su casa y me invitó a dormir en el interior.

Después de aquella subida, difícilmente podría haber imaginado un premio mejor.

Compartimos una sencilla cena de fideos, salsa y atún mientras conversábamos de bicicletas y viajes.

Una vez más, la ruta me recordaba algo que he aprendido viajando sobre dos ruedas: nunca sabes quién aparecerá al final del camino.

Día 3: frente al Gran Abuelo

El tercer día tenía uno de los objetivos principales de todo el viaje: conocer al Gran Abuelo.

Para visitarlo había comprado previamente mi entrada, ya que los cupos diarios son limitados y las visitas se realizan en horarios establecidos. Además, en el sector la conexión a internet es limitada, por lo que es recomendable llegar con todo preparado.

La caminata dura alrededor de una hora y media y atraviesa un bosque poblado por alerces de distintas edades.

Interior del bosque de alerces

Durante el recorrido, un guardaparques nos fue explicando la historia de este frágil ecosistema.

Durante siglos, la madera de alerce fue enormemente codiciada por ser liviana, resistente a la humedad y extremadamente durable. Se utilizó para construir casas, tejuelas, embarcaciones y muebles, convirtiéndose en uno de los recursos más valiosos del sur de Chile.

La explotación fue tan intensa que grandes extensiones de alerzales desaparecieron.

Hoy la especie se encuentra protegida.

La lluvia de aquella mañana, además, me regaló otro encuentro inesperado.

Entre la vegetación apareció una pequeña ranita de Darwin.

Era la primera vez que veía una.

Pequeño anfibio entre la hojarasca del bosque

Con apenas unos centímetros de longitud, este pequeño anfibio habita los bosques templados del sur de Chile y Argentina y actualmente se encuentra amenazado por factores como la pérdida de bosque nativo y las enfermedades.

Después de unos 50 minutos caminando llegamos finalmente al mirador.

Frente a mí estaba el Gran Abuelo.

Alerce de gran tamaño visto desde su base

Más de cinco mil años de historia contenidos en un solo árbol. Con cerca de 60 metros de altura y un tronco de varios metros de diámetro, cuesta dimensionar realmente su tamaño. Harían falta varias personas tomadas de las manos para rodearlo.

Pero lo que más impresiona no son sus dimensiones.

Es el tiempo.

Ese árbol ya estaba ahí miles de años antes de que nosotros naciéramos y probablemente continuará allí mucho después de que nos hayamos ido.

Historia viva frente a mis ojos y un recordatorio de lo fugaces que somos en este planeta.

Terminada la caminata, debía volver a la bicicleta.

Mi próximo destino era Huicolla.

Por delante tenía aproximadamente 31 kilómetros y un largo descenso desde la Cordillera de la Costa hacia el océano.

Salí cerca del mediodía y todavía debía atravesar buena parte del parque, pedaleando entre algunos de los bosques de alerces más antiguos de la región.

Pero el paisaje también muestra las cicatrices de su historia.

En determinados sectores aparecen grandes extensiones de troncos muertos, testigos de antiguos incendios y décadas de explotación.

Es una imagen difícil de olvidar: árboles blancos y desnudos emergiendo entre el verde del bosque.

Troncos desnudos entre el bosque

Después de atravesar esta zona comenzó finalmente el gran descenso hacia Huicolla.

Allí terminaría mi tercer día.

Vista de la costa y el océano

Encontré un camping local donde, por cinco mil pesos, tenía baño, ducha caliente, internet y un lugar donde cocinar.

Parecía suficiente.

Pero viajar nuevamente tenía preparada una pequeña sorpresa.

Varias de las personas que estaban acampando —muchas provenientes de La Unión y Osorno— me invitaron a compartir pescado frito.

Después de un día entre alerces milenarios, lluvia y kilómetros de bicicleta, aquella cena improvisada fue el cierre perfecto.

Día 4: Huicolla – Chaihuín – Niebla

Mi plan original era bastante diferente.

La idea inicial era pedalear hasta las dunas de Colún y pasar la noche allí, aproximadamente 30 kilómetros al norte de Huicolla.

Pero el pronóstico anunciaba lluvia para el día siguiente.

Dormir entre dunas bajo la lluvia no parecía particularmente atractivo.

Y salir desde allí con la bicicleta probablemente sería todavía peor.

Así que cambié el plan: intentaría avanzar todo lo posible hacia Corral.

La jornada comenzó cruzando el río Huicolla. Debido a las lluvias recientes venía bastante crecido, por lo que preferí pagarle a una persona del lugar para atravesarlo en bote.

Bicicleta y equipaje a bordo de un bote

Al otro lado comenzaba uno de los sectores que terminaría siendo más duros de toda la ruta.

Un antiguo camino de aproximadamente 20 kilómetros se internaba hacia el norte.

Decir que estaba en malas condiciones sería quedarse corto.

En algunos sectores prácticamente había desaparecido; en otros, el agua había convertido el camino en algo parecido a un pequeño río.

Bicicleta en un sendero húmedo y cubierto de vegetación

Pedalear era imposible durante largos tramos.

Así que tocó empujar.

Y seguir empujando.

Durante buena parte del recorrido avancé caminando junto a la bicicleta, sorteando barro, piedras y agua hasta alcanzar finalmente la entrada de la Reserva Costera Valdiviana.

Después de horas de avance lento, volver a encontrar un camino transitable se sintió casi como regresar a la civilización.

En este sector también se encuentra el acceso hacia las dunas de Colún, aunque esta vez tendría que dejarlas pendientes para otro viaje.

Existe algo importante para quien quiera repetir esta ruta: entre Huicolla y Chaihuín prácticamente no hay lugares donde abastecerse.

La comida debe planificarse con anticipación y el agua también merece especial atención. Existen algunos cursos naturales durante el trayecto, pero debido a la presencia de animales es recomendable tratar o filtrar el agua antes de consumirla.

Finalmente llegué a Chaihuín cerca de las cinco de la tarde. Habían sido unos 50 kilómetros y alrededor de 1.000 metros de desnivel, pero las cifras engañan.

Lo verdaderamente duro habían sido aquellos kilómetros empujando la bicicleta.

Chaihuín fue el lugar perfecto para detenerme, comer algo y decidir qué hacer.

Tenía tres opciones: quedarme allí, continuar hasta Corral o seguir hasta Niebla si conseguía alojamiento mediante Warmshowers.

Para mi suerte, llegó la respuesta que estaba esperando.

Tenía dónde dormir en Niebla.

Así que nuevamente me subí a la bicicleta.

El camino continuó bordeando la costa, con constantes subidas y bajadas, hasta llegar a Corral. Desde allí tomé el ferry que cruza la desembocadura del río Valdivia.

Al otro lado solo quedaban ocho kilómetros.

Cuando finalmente llegué a la casa de mi anfitrión de Warmshowers me esperaba exactamente lo que necesitaba: una cama, una ducha caliente, una buena cena y, como siempre ocurre entre viajeros, varias horas compartiendo historias y anécdotas.

Había sido un día largo.

Muy largo.

Pero probablemente también uno de los mejores del viaje.

Día 5: Niebla – Valdivia

La mañana siguiente comenzó sin apuros.

Fuimos hasta la caleta de Niebla para comer ceviche y comprar pescado fresco. Después preparamos una merluza a la plancha y compartimos el almuerzo con algunas de las personas del lugar.

Era el último día.

Mis vacaciones también estaban llegando a su fin.

Después de almorzar me despedí de mis nuevos amigos y emprendí los últimos kilómetros hacia Valdivia.

La carretera entre Niebla y la ciudad no es precisamente mi tramo favorito para recorrer en bicicleta. Tiene sectores con poca berma y bastante tránsito, por lo que requiere atención.

Pero apenas quedaban unos 18 kilómetros. Entré a Valdivia por Isla Teja y, después de cinco días de viaje, finalmente podía bajar el ritmo.

Costanera y embarcaciones en Valdivia

Comí algo, disfruté una cerveza local y luego pedaleé hasta el terminal de buses.

Allí guardé la bicicleta y tomé el bus de regreso a Santiago.

Habían sido 234 kilómetros atravesando caminos históricos, ríos, bosque nativo, alerces milenarios, costa y algunos de los rincones más aislados de la Cordillera de la Costa.

Pero, como suele ocurrir en estos viajes, los kilómetros terminan siendo solo una parte de la historia.

Me quedaba el recuerdo de Francisco abriéndome las puertas de su casa cuando llegué agotado al parque; la primera ranita de Darwin que había visto; el silencio frente a un árbol de más de cinco mil años; un pescado frito compartido con desconocidos en Huicolla; horas empujando una bicicleta por un camino prácticamente abandonado y otra persona que, sin conocerme, me recibió en su casa al final de una jornada interminable.

Quizás por eso sigo viajando en bicicleta.

Porque nunca se trata solamente del lugar al que quieres llegar.

Muchas veces, lo mejor del viaje ocurre precisamente en el camino.

Nos vemos en la próxima aventura.

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